Las casas Balenciaga
San Sebastián, el origen
Cristóbal Balenciaga Eizaguirre (Getaria, 1895 – Valencia 1972) comienza su aventura empresarial y creativa en San Sebastián, en un momento en el que la ciudad se ve favorecida por la presencia estacional de la Corte y el fenómeno turístico en la Costa Vasca.
En 1917 abre su primera casa de moda “C.Balenciaga” en el n.º 2 de la calle Vergara. A continuación se asocia, por seis años, con las hermanas Lizaso, constituyendo “Balenciaga y Cía”. Tras diversas modificaciones societarias, en 1924 traslada sus operaciones a la Avenida de la Libertad n.º 2, bajo la denominación “Cristóbal Balenciaga”. Funda una segunda casa en 1927 en el n.º 10 de la calle Oquendo, “Marina Robes et Manteaux” que en octubre de ese mismo año cambia a “EISA Costura”. En 1933, «EISA Costura» da paso a «EISA B. E. Costura» y se traslada al primer piso del n.º 2 de la Avenida de la Libertad, mientras que la firma «Cristóbal Balenciaga» ocupa el segundo piso del mismo edificio.
Simultáneamente, abre sucursal en Madrid, en el n.º 42 de la calle Caballero de Gracia, y dos años después, en 1935, se establece también en el n.º 10 de la calle Santa Teresa de Barcelona.
En julio de 1937, Balenciaga inscribe en la Chambre Syndicale de la Haute Couture, junto con sus socios Wlazio d’Attainville y Nicolás Bizcarrondo, la firma «BALENCIAGA», con sede en el n.º 10 de la Avenida George V de París.
Un viaje desde Getaria y San Sebastián hacia el mundo, una trayectoria ascendente y siempre coherente, una evolución gradual e incremental, en la que Cristóbal Balenciaga, imbuido con los valores de sus raíces -honestidad, perseverancia, capacidad de trabajo y de asumir riesgos, con un innato sentido de la elegancia y la belleza, y un acervo técnico en el oficio inigualable- construye su reinado de la alta costura y genera un legado atemporal.
El contexto de trabajo
Las Casas Balenciaga se organizan en torno a dos espacios independientes y diferenciados: el taller y el salón.
El taller es el espacio en el que se crean las colecciones y se ejecutan los encargos, esto es, la confección a la medida para cada cliente. Un entorno invisible, tras la cortina, donde trabajan las petites mains, costureras expertas formadas en la casa. Estos talleres se especializaban en tres categorías: sastrería, modistería y sombrerería.
Sastrería y modistería, pilares de la casa de alta costura, se diferenciaban entre sí en el uso de los tejidos y en el tipo de técnica y puntada. En sombrerería se completaba el “look” de la colección, aportando el sentido de la elegancia, de la belleza y de las proporciones a cada uno de los modelos cosidos en las otras dos secciones.
En París, la Maison Balenciaga mantenía 10 talleres diferenciados, mientras que en San Sebastián, Madrid y Barcelona las diferentes secciones compartían un mismo espacio, a excepción del taller específico de sombrerería de Madrid.
La organización del trabajo seguía una jerarquía clara, que venía definida por los criterios establecidos por la Chambre Syndicale de la Haute Couture: Chef d’atelier o maestra, cortadora, premiere d’atelier u oficial, seconde d’atelier o apendiz; todo ello bajo la atenta supervisión de la directora, con el objeto de confeccionar más de 200 modelos por temporada y cumplir los plazos de entrega y estándares de calidad exigidos por el propio Cristóbal Balenciaga.
El salón en la alta costura es el espacio en el que se recibe a la clientela, tanto para mostrar la colección como para realizar las pruebas en las pequeñas salas probador. En la Casa Balenciaga, el acceso era restringido, solo por invitación y siempre por recomendación.
Los desfiles se desarrollaban bajo la atenta mirada de la directora del salón: en silencio, las imprescindibles maniquíes “cabine“, trabajadoras a tiempo completo de la casa, mostraban los modelos con mirada ausente, sin sonreír, con un número de referencia en la mano. Todo, desde la decoración del salón, – distinguida pero neutra-, hasta las maniquís – mujeres elegantes, pero no necesariamente bellas -, estaba concebido para resaltar únicamente las cualidades de cada creación.
Las vendedoras, figuras clave de la casa, eran mujeres formadas que hablaban idiomas, dotadas de un talento de discreta persuasión. Ellas estaban a cargo de todo el proceso de relación con la clienta y su pedido. Uniformadas con modelos de la casa, atendían a las clientas y las acompañaban al probador donde, junto con una probadora, ajustaban las toiles a las medidas de cada cliente en un proceso sucesivo que culminaba con la prueba final en el tejido seleccionado.